DELFOS

D escendientes de otro Universo
E l último viaje sin equipaje
L ealtad a un pacto eterno
F uego al que nunca vencieron
O tro tiempo dentro del tiempo
S osegada mente consejera.

– Jose Lobo –

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LA LOCURA DE LA SOLEDAD

La locura de la soledad
se alimenta de silencios,
caminos adyacentes emergen
de la sangre de cementerios.
Versos putrefactos
que antes de ver la luz
ya nacen en negro muertos,
en la brevedad del espanto
y los orgasmos del dulce sueño.

Mientras te suicidas cada noche
¿Qué has hecho con ellos?

– Jose Lobo –

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Ernest Hemingway: EL VIEJO Y EL MAR

“El hombre no está hecho para la derrota.
Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.”

“Miró por sobre el mar
y se dio cuenta de cuan solo se encontraba.”

Ernest Hemingway, El viejo y el mar.

 

Recuerdo cuando leí este libro de Hemingway por primera vez. Lo devoré de un tirón. Una vez comenzado ya no pude parar. Cierto es también que se trata de un relato corto.
Siempre me ha parecido uno de los mejores textos de los que puedo presumir que han tenido a bien enseñarme algo sobre la existencia. Apunto que, nunca entendí cuando se habla de buenos libros de forma generalizada. Se complicita con cada lectura, o puede que con cada autor, porque coincide o nos aporta de manera individual alguna perspectiva que nos resulta común a ambos. De hecho he leído libros considerados “geniales”, números uno de ventas, cuya lectura me ha resultado tediosa e inútil. Tampoco creo que aunque dos lectores lean la misma obra, la capten o entiendan igual, porque aparte de los matices del autor, están también las formas en las que sentimos como nuestros los mismos.

Obtuve mi propia moraleja. Y me sentí muy identificado con el viejo desde el mismo momento del solitarismo en su cabaña y cama, hasta cuando se lanza a la alta mar. Su tiempo se agota y casualmente la mar (la vida) le entrega la pieza más enorme y preciada que siempre persiguió, cuando ya albergaba pocas esperanzas. Por momentos es el hombre más feliz del planeta. Ha alcanzado a poseer aquello que nunca parecía destinado a él. Y había que mostrarlo. Llevarlo a puerto, exponerlo, demostrar que su capacidad y búsqueda era real, sentirse orgulloso de haber alcanzado antes de morir lo que siempre anheló. Pero los tiburones fueron poco a poco devorando a su hermosa criatura lograda, y pese a que seguía siendo considerable, cada vez le arrancaban a dentelladas más y más trozos mientras aceleraba su regreso, hasta que quedó completamente destrozada, destruida. El viaje, la lucha, la batalla presentada, la resistencia, las heridas de la pelea contra los escualos, contra la mar, el empeño y pujanza del cansado viejo, fue un esfuerzo inútil.

Perdió su pez. Volvió a lo que era.

Algunos nacemos para perdedores. Lo escribo sin victimismo alguno. El fracaso es una experiencia que aporta mucha sapiencia, pero es también una experiencia dura. Muy dura. Extremadamente dura. Demasiado alto el precio de vida que se paga tanto por la enseñanza como por la pérdida y posterior carencia de lo anhelado.
En la vida somos marineros que cada día nos enfrentamos a la mar.
Nuestra existencia se limita a navegar y pescar para subsistir. Poco más.
Cuando llegue el final, volveremos a puerto con las manos vacías, quemados de las horas al sol, abrazados continuamente por el frío en noches sin abrigo humano y a la intemperie, con sed por la falta de agua dulce, pero sobre todo, con nosotros solos como única realidad, y una estela en el agua que indica por donde hemos pasado. Nada más.
Y puede que algún chaval que quisiera aprender de tu sabiduría marina para seguir luchando en su nombre y en el tuyo.

Creo que así es como Hemingway interpretó la vida. Así me la transmitió, o así quise yo entenderlo. ¡Qué más da!. Sigue siendo mi verdad y realidad a fin de cuentas.

– Jose Lobo –

 

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FALACIAS

La vida y el amor no son algo que se puedan guardar en un cajón a nuestro antojo y donde permanezcan inertes e impasibles, como meros objetos que de vez en cuando interesen o apetezcan ser utilizados.
Sin embargo, y por sorprendente que parezca, así se hace habitualmente con una escatológica frecuencia.
Se olvida con celeridad lo que realmente importa y se posterga canjeándolo por menesteres inanes y cotidianos. La imbecilidad es el único término que define completamente  cuando  la racionalidad brilla por su ausencia.
En excusas de impotencia se camuflan las debilidades y justifican las cobardías, como si acaso no fuera una actitud más pusilánime permanecer en la cómoda estaticidad que pelear por lo que se anhela.
Amar en calendarios con todos los días en blanco, aciagos, apagando llamas de hielo que nunca prendieron.
Transitando por la nada creyéndose caminando. Aplazando la vida, respirando a plazos.
Sí, me estoy dirigiendo a ti, con la certeza de que sabes de qué te hablo.

– Jose Lobo –

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Fotografía: Tomás Mayral

NOCHE DE DILUVIOS

Llueve como si no hubiera un mañana.
Los canalones, desbordados, no cesan
de vomitar agua por las fachadas.
El asfalto es un eco donde las gotas
con estrépito rebotan contra el suelo
disparadas tal que si fueran balas.
Sin embargo, pese al estruendo,
la madrugada está inundada de silencio.
Con las manos en los bolsillos,
la chupa abrochada hasta el cuello,
la cabeza empapada de recuerdos,
miro a ninguna parte y me pregunto
dónde y en qué momento dejé de existir
convirtiéndome en un errante fantasma
devorado en la noche de los tiempos.

– Jose Lobo –

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Fotografía: Jose Lobo

Hermann Hesse: DEMIAN

“Y me contó la historia de un muchacho enamorado de una estrella. Adoraba a su estrella junto al mar, tendía sus brazos hacia ella, soñaba con ella y le dirigía todos sus pensamientos. Pero sabía o creía saber, que una estrella no podría ser abrazada por un ser humano. Creía que su destino era amar a una estrella sin esperanza; y sobre esta idea construyó todo un poema vital de renuncia y de sufrimiento silencioso y fiel que habría de purificarle y perfeccionarle. Todos sus sueños se concentraban en la estrella. Una noche estaba de nuevo junto al mar, sobre un acantilado, contemplando la estrella y ardiendo de amor hacia ella. En el momento de mayor pasión dió unos pasos hacia adelante y se lanzó al vacío, a su encuentro. Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar. Si en el momento de lanzarse hubiera tenido la fuerza de creer firmemente en la realización de su amor, hubiese volado hacia arriba a reunirse con su estrella….”

(Fragmento de Demian, novela de Hermann Hesse.)

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AUTOABANDONO

Dejó der ser aquel hombre que exploraba la calle con firmeza en sus pasos, aquél que hacía que las ciudades fueran libros que se leen con los pies y que reía a la voz de su propio eco.

Dejó de ser aquel hombre que abría pétalos de manera invencible y en los atardeceres azules prendía lunas, vientos, y llamaba a los pájaros que trasnochaban a recitar versos con los cuerpos.

Ya se esfumó también aquel hombre de asaltos furtivos, de cantares celayianos, de onirismos marinos a los que hacerle ofrendas de ojos en la noche y compases de violines.

Ahora es el hombre que hace el amor con su fantasma interior, convencido que ya no es el hombre impaciente con los miedos y las piedras, porque de agonías agonizó en agonizantes letanías.

Es también el que desecha la vida entre los grises continuos del humo esparcido de los cigarros del negro de la madrugada, el que abandona los sueños por rincones de la nada y abismos que a veces florecen en su interior gritando poemas que le supusieron algo, y que vuelve la cabeza sin gestos al más allá de los silencios eternos, donde los brazos infinitos de fuego condenan a los infiernos,

Porque siempre se sintió náufrago, y ahora definitivamente… ya lo es.

– Jose Lobo –

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EL ESPECTRO DE LA VIEJA ESTACIÓN

Aquel extraño hombre escribe desde el banco más alejado de la vieja estación de ferrocarril.
La lluvia, que arrecia por momentos, se deja ver al trasluz de los rayos tenues de la oxidada farola que escasamente alumbra el andén.
El olor a tierra húmeda se mezcla con el del alquitrán y guijarros.
No aguarda la llegada de ningún tren. Apenas si transita ya ninguno por sus ancianos raíles. Sólo un expreso bien entrada la madrugada, pero que no altera su marcha conocedor de que no hay viajeros para apearse, ni tampoco lo espera alma furtiva que desde aquí haya decidido emprender viaje.
Con mueca seria envuelto en su inseparable chupa de cuero negro, siempre abrochada hasta el cuello, y éste levantado, con el brazo sin apenas movimiento, saluda irónicamente al gusano de hierro.
Así, madrugada tras madrugada.
Es el último tren que atraviesa la desvencijada estación y se rumorea que pronto será desviado hacia otra menos lúgubre y abandonada, y quedará ya muerta y sepultada, recuerdo tan sólo de aquellos que tiempos atrás desde aquí iniciaron el viaje de su vida, refugio ahora de vagamundos e insomnes pensadores, como nuestro hombre, que enciende el penúltimo cigarro mientras sus ojos ausentes contemplan la negrura de las vías, y su pensamiento se sumerge en cuantos trenes vieron pasar surcándolas sin que nunca alcanzara imaginar que alguno sería el último. El último tren de su vida.

Prosigue la lluvia con su danza de gotas verticales martilleando el suelo. Las gotas que impactan en los cercanos charcos salen disparadas atrevidas hasta alcanzar sus negros zapatos. Negros, como todo su atuendo.

Entre calada y calada ,el hombre del que apenas se distingue su sombra, se pregunta ¿por qué?. Él es portador de un enigma, consignas que son invisibles a la mayoría de los mortales, subyugados y atrapados, conscientes o no, en la necedad de la imposición cotidiana.
¡Eso sí que es un viaje a ninguna parte!, se dice para sus adentros. Piensa en ellos como una vida transitada para no dejar más huella que el desperdicio material o de lucha por éxito social.

Lanza la colilla al mojado suelo del andén e inclina su cuerpo hacia atrás. Cierra los ojos, cruza las piernas, introduce las manos en sus bolsillos y empieza a rememorar algunos viejos poemas que le dieron cierto sentido a su existencia.
Imagina que comienzan a llegar trenes a la vieja estación, sin descanso. De cada uno se apean poetas muertos dispuestos a llenar de esencia, experiencia, espíritu y entrañas, a cada mente baldía, a cada corazón hueco.
Quedose inmerso en este soñar, y en el mismo, corre raudo hacia ellos para advertirles del absurdo. La batalla está perdida. Ya no se conmina al alma con versos trenzados de vientos y de agua. Eso se extinguió tiempo atrás, les insiste. Ya sólo unos pocos atravesaron esa puerta sin retorno hacia los fantasmas.

Ya casi es de día. A lo lejos se ven los azules de un nuevo albor. Un perro se acerca y olfatea al hombre que parece que en el banco dormita. Le sigue un vagabundo que esperanzado a su suerte busca alguna desperdigada colilla.
Cuando llega hasta él, como en días anteriores, le mira y le saluda. Pero hoy, en este amanecer no encuentra su respuesta.
El hombre reclinado, el que de madrugada vio llover, el que soñó mientras dormía, el de gesto serio y chupa negra contra el frío abrochada, el del banco más alejado, ya … no respira.

“Buen viaje amigo”, le espeta el improvisado compañero mochilero , y prosigue su camino mientras en voz baja al perro le musita: “otro que se va, como Casariego, Celaya, Goytisolo, Panero, Vallejo, Pizarnik …”.

Dicen que en la estación, cada madrugada, se escuchan versos que algún espectro recita.

– Jose Lobo –

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Estación tren Teruel

ENCUENTRO

Sentada en aquel escalón inhaló el humo de la última calada que le quedaba al cigarro antes de apagarlo. Lentamente lo fue soltando a través del rojo de sus labios, como quien suspira en un último aliento contenido. Habían trascurrido mientras unos minutos en donde juntos tuvieron ocasión de charlar un rato mientras fumaban.
Hasta esa noche sólo la había visto antes en una única ocasión, en donde ya percibió una extraña afinidad hacia ella.
Le resultó desde su mirada contemplándola, como hoja de otoño que lentamente va cayendo tardando en llegar al suelo, temiendo y retardando el encuentro al que intentaba no enfrentarse consigo misma.

Escuchando su voz, sus palabras le parecían notas que viajaban como los vientos bravos en la mar, y como si fueran olas se sumergió en su eco convencido que en ella habitaban abismos invisibles de su mundo interior, acaso a un jardín del ayer, o a un anhelo del mañana.

Demasiadas veces nos alimentamos de silencios que no tenemos con quien compartir y son imposibles de digerir.
Puede que en algún tiempo atrás de su vida aquella mujer hubiese sido feliz. Pero ahora, en ese momento, no se lo parecía. Probablemente un fracaso sentimental mezclado con tintes de malestar existencial.
En cuestiones de amor siempre hay intuiciones, pero no estaban muertos, no hicieron nada malo, no fueron culpables de nada, no mataron a nadie, solo… amaron.

Se la notaba refugiada como una isla inaccesible desde donde asomarse a los acantilados, y la vez, también su paz después de su guerra.

Cansada, cansada de todo, porque acaso haya sueños que la despierten sin piedad en mitad de la oscuridad y no están al lado, aunque su mirada contenía también palomas blancas volando sobre campos llenos de escarcha.

El mundo habría podido detenerse en ese instante.
Le recordaba tanto a sí mismo que sintió escalofríos.

– Jose Lobo –

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AMAPOLA DIFUNTA

Este beduino
que continuamente atraviesa el desierto
en tu oasis plantó su emblema
de tus pétalos hizo bandera.
Tristes, tristes son los entierros
cuando la muerte no se espera
la mar se torna un cementerio
donde la brisa huele siempre a canela.

Amapola al viento,
amapola ya silente,
amapola de sueños.
Yacente en la cúspide de Berenice,
roja, roja era la amapola.
Difunta ya, yo me vestí de negro.

– Jose Lobo –

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Recitación del poema cortesía y regalo del cantante y cineasta LUIS VIL

DE REGRESO DEL AVERNO

No, no vengo a hablaros ni de Heracles, ni de Ulises, Teseo o Eneas ni de ningún otro u otra. Ni siquiera creo que tenga la capacidad de ninguno de ellos para emprender tan largo viaje y poder narrar el regreso de semejantes aventuras.

No, tampoco crucé aún la laguna de Estigia por mucho que Caronte lo esté deseando. Todo lo más, desde Bergsvagen hasta Harstad, y el barquero se llamaba Olaf, y eso cuando la nieve o el hielo permitían hacerlo.

Sí que puede que desde tiempo ha, iniciara mi propio  “más allá”, pero no a través del Aqueronte, sino desde la reflexión en el silencio de este mortal, que intenta  observar a los demás y realizar en sí mismo severo juicio hacia su propia persona, antes de ejercer el derecho nietzscheano a escoger el momento de la partida final.

Considero que el refugio y el aislamiento interior es imprescindible de vez en cuando para conocerse en la medida de todo lo posible a uno mismo, y desentrañar el origen de rabias, furias o cualquier cuita interna.

No quiero aburrir a nadie con mis meditaciones existenciales ni es mi propósito.
Si vuelvo por aquí cada vez que siento la necesidad, como Diógenes, portando mi farol en la mano siguiendo a la búsqueda del hombre, es para seguir intentando desentrañar cuanto pueda en mi aprendizaje vital y en todo aquello que maquiavélicamente  pueda profanarse desde el conocimiento y tenerlo guardado, a falta de ninguna otra,  en esta estantería virtual.

Una complicidad compartida, sin palabras vacías, con mensaje pensador propio, y con vuestro inconfundible sello personal  de identidad también del escaso puñado de a quienes en afinidad y reciprocidad intelectual y/o existencial, os sigo y leo, ya sea por aquí tanto como en la vida real.

Salud.

– Jose Lobo –

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